“Me he disparado un tiro....Esperemos que no haya fallado...." –le confesó a Gustave, el dueño de la pensión. Llegó el médico, su hermano Theo –con quien fumó pipa- y varios amigos pintores desde París. 24 horas después, Vincent Van Gogh murió.
Había llegado a Auvers en busca de la tranquilidad que sus turbulencias internas alejaban. Calma y bienestar eran los objetos esquivos que ahora pretendía conquistar. Una nueva vida, el anhelo frustrado durante los 37 años de inmensa producción artística e insatisfacción emocional.
Vincent se agotó. De la mortificación de errores insalvables con amigos, recuerdo que traía todos los días al presente ante la visión de la cicatriz del lóbulo de su oreja. De su existencia como una demanda constante hacia su hermano Theo, que lo mantenía con la convicción de que el día que nunca había llegado, llegaría: sus obras se venderían, traerían prestigio y el pan que faltaba. Se agotó de sus estancias en centros de salud mental, la última reciente –pocos días antes del disparo letal- fue la más larga y profunda de todas -dos meses– en el manicomio de Saint-Rémy-de-Provence.
La pintura era su oasis, la materialización del paraíso en sus momentos de cordurísima creación. Y si desde los 27 años, cuando llegó a París, Vincent no paró de pintar; sus últimos meses en Auvers sirven todavía hoy para desafiar las obras que puede llegar a crear cualquier artista en tiempo récord: en 70 días Van Gogh produjo unas 72 pinturas, 33 dibujos y un grabado. Como si hubiese sabido que sus días estaban contados. Esta vez no iba a fallar.

Los cuervos, el último cuadro de Van Gogh.
(*) Frase de Vincent Van Gogh que termina: “La mayoría no encuentra nada lo suficientemente bello”.
